marzo 23, 2014

Lloviendo color

Volver a casa tras quizás la que ya llaman la mayor manifestación de la democracia de España con la sensación de que sí podemos y a la vez la tristeza, la rabia, la impotencia por el final de la misma con los matones a sueldo público arrasando con todo y leer algo que te demuestra que la lucha merece la pena, que no podemos rendirnos por mucho que nos intenten callar a golpes cuando los medios no lo han conseguido.

Hay palabras de ánimo que cruzan cualquier frontera y esta noche, desde Londres, Freya me ha devuelto la vida y las ganas de seguir luchando:




"Camino por la calle con la impotencia cerniéndose sobre mí. Me cruzo con mil marionetas, grises, manejadas a base de mentiras, tan cubiertas de información que ya nada les consigue sorprender, creyéndose sin plantear la más mínima duda, cada palabra que leen en los periódicos o que escuchan del tipo trajeado, serio, rodeado de papeles y de expertos en los informativos de la televisión nacional. Caminan seguras, convencidas de ser libres pensadoras y de estar al amparo de personas que ellas mismas eligieron para poner en sus manos su seguridad y futuro. Miran por encima del hombro a cualquiera que se atreva a llevarles la contraria, con lástima y condescendencia pues les consideran desinformados. Y así pasean felices. Si se topan de repente con una noticia que perturbe esa felicidad, al instante siguiente tienen tres historias que lo semientan y otra mucho más grave que, a poder ser, ocurre muy lejos de su mundo. Canales cargados de programas banales que centran la importancia en la vida privada de un particular y, si es de su dormitorio, mejor. Páginas web que modifican tanto la noticia que termina siendo un chiste, usando bromas tan bien planteadas que pasan por verdades absolutas. Tan sencillo y a la vez tan complicado: sobre información. De repente la perfección es algo sencillo, basta con que a nadie le importe tu crimen, con que algo consiga desviar su atención. Tenemos cientos de tiendas en las que ahogar nuestras penas gastándonos el poco dinero que tenemos, pues vestirnos de marca nos colma de felicidad. Mil programas y series de entretenimiento y millones de maneras de estar en contacto directo con los nuestros, eso si, sin mirarles a la cara. 
Mientras camino entre ellas reflexiono sobre todo esto y al fin surge la gran pregunta: ¿Y si son ellas los que tienen razón? ¿Y si todo va perfectamente o al menos comienza a ir bien? ¿Y si todas las dudas de esas pocas personas no son más que paranoias conspiranoides? Y mientras ese pensamiento arraiga en mi cabeza, llego a una plaza repleta de aquellas marionetas grises postradas frente a una de esas personas que se ocupan de nuestro bienestar. Me paro a escuchar, al principio me siento respaldado, reconfortado incluso, y eso provoca que la idea anterior comience a tomar fuerza. Una ligera sonrisa se instala en mi cara y comienzo a distinguir tonalidades entre tanto gris. Y, de repente, una voz en grito rompe la sensación de quietud. Una voz que lanza una pregunta. Esperamos pacientes la respuesta del líder. Este sonríe con confianza, repite la cuestión, añade una frase preocupada y acto seguido pasa a dar datos positivos que nada tienen que ver con lo preguntado centrándose en culpar al líder anterior por su mala gestión. No puede ser, me digo, no es posible que la gente se conforme con eso. Comienzo a buscar la inquietud en los que me rodean pero sólo observo sonrisas complacidas, gritos de júbilo y ondeo de banderas.
Nos han quitado las ganas de vencer convenciéndonos, con nuestro consentimiento y diría que nuestra petición desesperada, de que no hay nada por lo que luchar, que todo es como debe ser, que los sacrificios que nos obligan a hacer son por un futuro mejor, un futuro muy próximo gracias a ellos. Pero algo está mal pues yo aún puedo pensar, no me creo lo que dicen, me planteó constantemente qué hay más allá, qué otras posibilidades nos quedan. No me vale lo que leo en un diario financiado por ellos o lo que me dice un hombre que viste un traje regalo de la casa. De repente el cielo comienza a tronar, o esa es mi sensación, y después me doy cuenta de que lo que se escucha es algo más: unos tambores seguidos de lo que parecen voces unidas. Cuatro caras igual de consternadas que la mía se giran buscando ese sonido, que poco a poco envuelve la plaza. Tras las esquina aparecen miles de colores, personas que no se conforman, que exigen, a golpe de percusión, la verdad. Los supuestos defensores de la ley arremeten contra ellos usando la violencia de la estupidez. Los golpes resuenan cada vez más fuertes en mi interior y en el de las otras pocas personas, hasta que revientan en un grito que surge de lo más profundo de mi razón. En sólo un segundo me encuentro con ellos, golpeado, degradado a escoria de la sociedad, expuesto con una etiqueta que consideran denigrante. 

En dos minutos se libran de nosotros, todo vuelve a ser gris. Pero no es una victoria, ni mucho menos. Mientras nos arrastran puedo ver la incomprensión en la cara de los demás. Poco a poco somos más, seguimos vivos, y por mucho que lo intenten nos queda la voz, una voz con la que recriminaros. Somos vuestro descuido, testigos, un rastro de algo con lo que no habíais contado. Y es que la curiosidad y las ganas de verdad son insaciables. Seguramente no sea inmediato, llevará bastante tiempo, pero tenéis fecha de caducidad, tanto los que lideran como los opositores. No tenéis donde escondeos. Terminaremos con vosotros, pues cada día, en cada plaza a cuatro marionetas les llueve el color."