junio 01, 2007

El pecado de Eva.

Este artículo me vino a la cabeza hace aproximadamente un mes pero lo deseché porque me pareció que en ese momento podía antes alimentar el morbo por unas imágenes que transmitir lo que pensaba. Sin embargo, y por desgracia, una vez más las noticias no permiten que olvide lo que el hombre es capaz de hacer con sus semejantes.

Ayer oía como una mujer era condenada a ser violada, ¿su delito?, su marido abusó de la hija del que ahora debe cobrarse en sus carnes el castigo como verdugo, curiosa aplicación del ojo por ojo que no afecta al que hizo el primer daño… al parecer la mujer ha conseguido escapar y se encuentra en paradero desconocido.

En países con leyes semejantes no es raro encontrar casos en que una mujer es castigada por haber cometido adulterio al ser violada, o al quedarse embarazada sin tener marido (y en muchos casos ser su embarazo fruto igualmente de una violación).

Casos como el de Amina Lawal atraviesan de vez en cuando las fronteras, no sólo internacionales sino de nuestra propia desidia, y levantan un pequeño grito de indignada protesta traducido en recogidas de firmas y avisos a nivel diplomático que felizmente pueden terminar con la mujer librándose de la lapidación… pero por cada uno de estos casos cuántos no llegan a nuestros televisores es algo que no nos solemos plantear. De vez en cuando las imágenes de mujeres semienterradas que son lapidadas nos asaltan a la hora de la comida, aunque ya hay pocos presentadores que se molesten en advertirnos de la dureza de las mismas; y las primeras manchas de sangre (provocadas por piedras ni demasiado grandes ni demasiado pequeñas para maximizar el producto entre tiempo y sufrimiento de la tortura) asoman en las blancas sábanas abofeteando nuestras dormidas conciencias.

Las lapidaciones suelen desaparecer durante meses de nuestra vista no porque no se produzcan sino porque no interesan, hasta que vuelven a ser rescatadas para aportar otros ejemplos en casos que todavía nos consiguen sorprender. Es el caso de la chica iraquí de 17 años que me inspiró este artículo hace un mes. Todos pudimos ver como una multitud la apedreaba, desgarraba la ropa y golpeaba incluso cuando ya sabían que su cuerpo no se iba a mover nunca más mientras unos cuantos alrededor grababan la barbarie con sus móviles; finalmente unas manos intentaban tapar la ofensiva semidesnudez de un cuerpo juvenil roto. ¿Su pecado?, abandonar su fe al enamorarse de un chico que procesaba otra distinta, ¿sus verdugos?, sus propios vecinos y “antiguos” correligionarios.

Fue curioso escuchar como la mayoría de medios de comunicación resaltaban el impacto de las nuevas tecnologías que habían permitido que no sólo la multitud grabase el momento sino que el vídeo circulase libremente por internet. También fue interesante ver como todos recalcaron que la joven pertenecía a una secta que adora al diablo, como si eso fuese una causa del asesinato, para a continuación aclarar que la visión que se tiene en esa secta de su adorado no tiene nada que ver con el Satán católico de cuernos y rabo que nos solemos imaginar ni con su maldad implícita.

Hasta ahora parecería que la violencia sin sentido contra la mujer se suele dar sólo en países no católicos o como mínimo en los que la Sharia gobierna tras el gobierno o por encima del mismo. Sin embargo podemos recordar otro nombre que de vez en cuando sale mencionado en televisiones, etc. (aunque sea por el estreno de películas), Juárez.

Juárez pertenece a México, un país eminentemente católico y todos hemos oído hablar alguna vez de la desaparición de las jóvenes trabajadoras que o son encontradas muertas o a veces ni siquiera son vueltas a ver. Todos hemos oído las hipótesis sobre el tráfico de órganos, las violaciones orquestadas para personajes importantes, las torturas que han revelado las autopsias de muchos de los cuerpos y sobre todo la pasividad de las autoridades “competentes” que han permitido que en diez años hayan muerto unas 400 mujeres.

Por supuesto Juárez es sólo una ciudad y los crímenes deben localizarse en la zona colindante, por lo tanto sólo se trata de una fracción de las víctimas de todo el país que no sé en qué números se mueve, pero no deja de ser cómico que nos echemos las manos a la cabeza cuando se habla de las 400 víctimas en diez años, sobre todo teniendo en cuenta que, si miro atrás, los últimos años no recuerdo casi semana en España que no termine con una mujer asesinada a manos de su (ex) pareja. Sabiendo que el año tiene 53 semanas el promedio de más de 60 mujeres asesinadas anualmente en lo que se ha llamado violencia de género (peor era llamarlo violencia doméstica) no parece sorprendernos lo suficiente. Hagamos cuentas… sesenta mujeres al año durante diez años son… superar en doscientas víctimas el horror de Juárez en un decenio… es decir 600 mujeres muertas a manos de la persona con la que una vez pasaron un rato agradable, o incluso de la persona con la que una vez se plantearon vivir el resto de sus días (lo que en muchos casos se convierte el algo cierto).

A pesar del endurecimiento de penas con el gobierno del 2004 no se ha conseguido reducir el número de asesinatos y hay quien ha llegado a utilizarlo como arma política criticando una ley que intenta insuficientemente terminar con las inefectivas órdenes de alejamiento y demás sentencias ridículas a la hora de proteger a una mujer que recibe desde las llamadas amenazantes hasta los primeros intentos de asesinato. Aunque podemos caer en la tentación de decir que antes se hacía peor nunca debemos olvidar que se debería hacer mucho mejor en materia legal.

Por supuesto los ideólogos del conductivismo puro creen que sólo con la educación se puede terminar con esta lacra pero no parecen tener en cuenta que la educación se debe recibir lo más pronto posible para evitar desgracias más adelante… y mientras tanto ¿qué hacemos con los que ya no pueden ser educados? Hay quien pone el grito en el cielo cuando se habla de publicar listas de maltratadores (cuando toda la sociedad debería someter a su desprecio a semejantes individuos) o de crear leyes pensadas directamente para la mujer (cuando por cada caso de violencia de la mujer hacia el hombre se dan decenas a la inversa).

Es cierto que la educación es fundamental pero sin un endurecimiento de las penas que hagan que al menos un maltratador dude un momento de lo que piensa hacer tardaremos años en conseguir algo. ¿Qué hasta dónde tendremos que endurecerlas? Todo lo necesario… porque aún quedarán los que prefieren meterle un tiro a la mujer antes de repetir consigo mismo el proceso en vez de hacerlo a la inversa.

Por desgracia todavía podemos oír quien pone reparos a ciertas leyes porque “las mujeres cuando quieren ser malas son mucho peores” sin pararnos a analizar a quien responde que si a fulanita le pegaron será porque algo había hecho… o más recientemente, en una sucursal bancaria al no ser atendido por las señoritas para el ingreso de un cheque (en un día que no correspondía como se puede leer sin problemas en diversos carteles), un cliente se marchó al grito de “tenéis cara de amargadas, lo que os hace falta es una buena zanahoria”. Por cierto, el cliente era una “respetable” señora de unos 60 años, lo que indica que esa educación desnivelada no sólo afecta a los hombres sino que en ocasiones provoca que las mujeres puedan convertirse a sí mismas en sus peor enemigo.

Si queremos analizar las causas de este odio sexista podemos incluso retroceder hasta algunas religiones en las que encontramos que Pandora abrió la caja dejando escapar todos los males y que Eva pecó y arrastró consigo a Adán. Si nos paramos a pensar en esas religiones lo que subyace bajo cada elemento es el poder en sí mismo, religiones controladas por hombres en las que las mujeres, portadoras del pecado, sólo tienen cabida como figuras de relleno, ya sean vestales o monjas, que aún con todo mi respeto siempre son vetadas en sus posibilidades a la hora de ostentar cualquier alto cargo que conlleve poder. Religiones que cuando se toparon con otras donde la figura de la mujer era venerada con la importancia de la madre tierra, diosa de la fertilidad, creadora de la vida, etc., terminaron por asumir ciertos elementos paganos mientras el papel de la mujer iba siendo reprimido y convenientemente olvidado.

El mismo poder que desplazó a la mujer de su papel de creadora de la vida a simple macetero donde el macho debía plantar su semilla. El mismo poder que permitió que fuera necesario que los muchachos acudieran a burdeles a “aprender” las artes amatorias mientras sus futuras mujeres (mujeres de bien por supuesto) esperaban inmaculadas. El mismo poder camuflado y heredado que todavía permite que muchos jóvenes sigan aprendiendo que el chico que liga o se acuesta con muchas chicas es digno de admiración mientras la chica que actúa igual se merece todo el rechazo. La misma herencia que permite que se mantenga en el imaginario colectivo los tópicos que indican que una chica que intenta ligar es una calentona y que si un incauto chico se convierte en su objetivo, a pesar de ya mantener una relación, los cuernos están asegurados por un simple motivo biológico… como si los milenios transcurridos desde que salimos de las cavernas no hubiesen traído consigo ninguna evolución que nos dote de control sobre nuestros instintos de procreación.

En definitiva el mismo poder que ahora empieza a perder el macho, lo que hace que tiemble de miedo e impotencia, y el mismo que cuando ya no es posible secuestrar de su tribu a la mujer arrastrándola de su melena le hace gritar “sólo mía”, lo que viene a decir que conmigo o con nadie.

01 de junio de 2007, 30 mujeres asesinadas, más que las semanas que lleva el año.