diciembre 09, 2015

Terrores y trapitos nacionales, cocinando el nacionalsocialismo

Si algo sorprende a muchos todavía cuando se habla de la Alemania nazi es cuando se les dice que Hitler ganó unas elecciones, que fue el pueblo quien le eligió, que la NSDAP llegó al poder democráticamente... y es ahí cuando suelen surgir las preguntas "¿cómo es posible?, ¿cómo pudo la gente votarle?, ¿cómo se le permitió llegar hasta donde llegó?.

Sin embargo, lo más aterrador no es pensar cómo pudo pasar refiriéndonos al pasado; lo más aterrador es ir viendo poco a poco como resulta tan sencillo que se vayan repitiendo muchos de los pasos.

Simplifiquemos, mucho, y retrocedamos, un poco.

Alemania era un país en la ruina, humillado por otros países que le exigían unas condiciones inasumibles para poder pagar las reparaciones tras la derrota de la I Guerra Mundial, y donde Francia se convertía en el principal acosador que no les dejaba levantar cabeza. Y en aquel caldo de resentimientos, impotencia y frustración fue donde un movimiento, que siempre ha ganado fuerza en las mismas situaciones, se erigió en defensor del oprimido pueblo alemán.

El Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán nadó entre las aguas turbulentas de la política alemana en la que ya no confiaban los germanos y consiguió ser visto como el salvador de los de abajo, los obreros, luchando por el pueblo, socialista, (lo que en principio no tendría por qué sonar mal) pero añadiendo  como nexo de unión la necedad que nace del fervor nacionalista. Y si lo aderezamos con la creación de una figura cercana a la que odiar entre todos, el judío, ese desconocido que venía a robar tanto el dinero (como libidinosamente a las mujeres) como hundir el trabajo, la conversión del pueblo en una masa descerebrada que se movía, a veces ciegamente, a veces por miedo, y a veces por comodidad, en la dirección de los ladridos que agrupan al rebaño, resultó muy sencilla.

Casi cien años han transcurrido desde entonces (sí, la cosa comenzó bastante años antes de la II Guerra Mundial) y a mínimo que nos paremos a observar las noticias y los comportamientos de muchos no podremos evitar establecer ciertos paralelismos.

En toda Europa durante la crisis han repuntado partidos que siguen unos plantemientos muy parecidos a los de la NSDAP, siendo el ejemplo más claro Amanecer Dorado en Grecia (que intenta imitar hasta los desfiles con sus antorchas y toda la parafernalia) y llegando hasta la victoria sólo hace unos días de la extrema derecha de Le Pen en las elecciones regionales francesas.

Pero si miramos más cerca, no sólo ya en España sino en nuestro entorno, nos encontramos con ciertas señales que deberían hacer saltar las alarmas.

España es un país hundido económicamente, que ha perdido la fe (con razón) en los partidos que han gobernado tradicionalmente, que se ve sometido a exigencias y recortes impuestos por la antiguamente llamada "Troika", y si queremos personalizar en un país, por Alemania. Y la respuesta inicial es,  como no podría ser de otra forma, defender al pueblo, luchar por la dignidad, rebelarnos ante los partidos que han preferido gobernar para amiguetes, bancos, empresas e intereses externos mientras nos exigían apretarnos el cinturón y de paso también la soga en el cuello. Pero como siempre, ¿quién está atento a pescar en esas aguas revueltas y a aprovecharse de la desesperación?.

Repito, no hace falta más que buscar las señales, y no las encontraremos muy lejos por desgracia.

Jugando con el miedo de la gente, del rebaño cada vez más convertido en masa, y que sólo se siente seguro si ve que forma parte de un grupo donde impera el pensamiento único, tenemos ese dos por uno catastrófico que anuncia la pérdida de voluntad y pensamiento propio, la renuncia de la libertad a cambio de supuesta seguridad. Plataformas que se arropan con el trapito rojigualda (a veces con el aguilucho) claman precisamente por ese sentimiento nacional y socialista pero le añaden su toque de ponzoña para terminar convirtiéndolo en un "los españoles primero", dejando bien claro que ya no sólo se trata de la defensa de un pueblo, sino que para arengar a la masa hay que darle,  como siempre, un enemigo tangible al que poder odiar con más facilidad, algo más allá de un concepto llamado Troika y formado por bancos, instituciones o incluso países. Y ahí es donde como siempre, el enemigo elegido es el desconocido, porque lo que no conocemos nos da miedo; el extranjero, el que profesa otras religiones, el que proviene de otras culturas...

Y mientras los de siempre alimentan la hoguera con gasolina en forma de miedo, los otros de siempre, los borregos que siempre se han sentido mejor si dejan que los demás piensen por ellos, si les dicen lo que deben hacer, desear, temer u odiar, prenden sus antorchas en esa hoguera para en los juegos de las sombras creadas por ese fanatismo dejar de distinguir entre figuras y pasar a la generalización. "Los musulmanes son todos...", "los inmigrantes vienen a España a...", "los refugiados en realidad son una maniobra para invadirnos...".

Viendo esto, como os decía, lo que provoca terror no es preguntarse como Hitler llegó hasta donde lo hizo, el verdadero terror es descubrir que lo que muchas voces coinciden en clamar que no se debería repetir en realidad está a la vuelta de la esquina. El terror es que no hace falta remontarse un siglo atrás sino escuchar un día a tu lado que alguien de repente empieza a dar muestras de esa mixtura que engendra el nacionalismo xenófobo. El terror es descubrir como la masa sigue ahí preparada para el siguiente que les vuelva a hacer sentir seguros a costa de todo, y a costa de todos.

Pero ante eso el terror puede ser también comprender que hay que luchar contra el terror, que no hay que darse por vencido por muy difícil que parezca, que como sea no podemos dejar que nos engulla la masa, que si hay que sentir terror, que no sea porque nos lo han elegido otros. Quizás el terror es ser August Landmesser, pero al menos es una decisión propia.

August Landmesser, antiguo miembro de la NSDAP desde el 31 hasta el 35, cruzado de brazos durante el saludo nazi en 1936

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